El asunto de hoy

Influencia

Cuando desperté esta mañana sentía la cabeza abombada, como si toda la noche hubiera estado asfixiándome. Había dormido sobre mis espaldas, lo que siempre me produce una obstrucción de las narices. Pero además me dolía la joroba que sentía en el espinazo y que estaba seguro de no tener. Sin embargo, de algún modo extraño me parecía que el cuerpo se balanceaba sobre esa protuberancia dura, como caparazón de tortuga. Intenté levantarme, pero no pude. Al hacerlo la ropa de cama resbaló sobre mi vientre, que estaba extrañamente redondeado, como si fuera el sector de una esfera cortada por un paralelo. Quise intentarlo de nuevo. Para impulsarme levanté las piernas y los brazos y con horror vi que estaban extraordinariamente delgados, en especial en proporción al cuerpo. Con angustia me impulsé hacia el frente. Alcancé a ver el cuadrito que había colgado en la pared, con la Venus de las pieles. Lo había fabricado con la tapa del libro, que había arrancado del ejemplar de la librería de usados de las galerías T frente al río N Sobre la cómoda estaba el reloj despertador que indicaba las siete y media. Me dije: ¡Diablos! La siete y media ya.

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Fatigando Ficciones

Toqué a la puerta varias veces, con insistencia. La casa, una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía, parecía abandonada por lo silenciosa, pero yo sabía que estaban ahí, porque después de mucha insistencia enviándole mis cuentos y relatos, me había devuelto una notita, que yo quisiera imaginar de su puño y letra, aún cuando la mano era, obviamente, de alguna mujer, y muy distinta a su propia letra que yo vi tantas veces: "Está bien, Irizarri; lo espero mañana después de la cena, a eso de las diez" decía la nota y su nombre escrito con la misma mano, más abajo, iba acompañada de un garabato que evocaba su rúbrica.

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Una historia de Gala

Hacía días que cada cuál competía por ser más caluroso que el anterior. Tal vez por eso, agobiada por el calor (o agobiado, yo no puedo dar fe, sólo me baso en antecedentes que después se hicieron públicos), cayo del techo, desde el piso trece y logró planear hasta aterrizar sin demasiado daño en el piso hirviente de la acera. Ahí quedó fatigada de calor, quizás herida y enceguecida por la luz que reverberaba sobre suelo del medio día.

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Millenial Fiction

Me había llegado este ingreso extra. Primero pensé en una farra monumental con esos amigos con los que hace mucho que la soñamos. Después me dije que habría que pensar en algo más serio, como el ahorro o alguna inversión necesaria. También me tenté por un momento con la tecnología: Un nuevo teléfono personal, una tableta digital, algo así novedoso. Al fin, después de refrenar todos esos impulsos locos, partí a la estación del metro que conecta con las galerías subterráneas entre las dos avenidas, donde sólo se vende juguetes tecnológicos, juegos de videos y un surtido misceláneo de todo lo que puede convertirse en digital o electrónico, para comprar la versión última de Dark Souls.

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