El asunto de hoy

Izquierda

Miraba la grieta en la esquina izquierda del techo, a los pies de mi cama. Los bordes y una extensión, cada día mayor, mostraban una humedad progresiva. Por la rajadura pasaba un rayo de luz tenue, porque no filtraba directamente el sol, sino la claridad difusa de la media tarde. Por alguna razón incomprensible pasaba largas horas tendido en mi cama mirando esa falla de la construcción del edificio, que de seguro se repetía en todos los departamentos del bloque y de la población. Por las mañanas esperaba que mi amá me trajera el desayuno mirando aquella grieta. Más tarde me vestía, estiraba las ropas de cama para contentar a la amá y me echaba otra vez sobre la cama a observar la rajadura en el rincón izquierdo del techo. Mientras miraba la forma rara de la falla entre los ladrillos de la pared me preguntaba si la humedad persistente había carcomido el cemento entre dos o tres ladrillos, o si por el contrario, los ladrillos de mala calidad se quiebran y producen esas grietas en lugares donde la construcción concentra mayor peso. Estas observaciones y pensamientos inútiles son de alguna manera automáticos y paralelos con otros de la realidad.

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Tan lejos, tan alto, tan desconocido
¿Por qué no reconocer que la ciencia está llena de maravillas? Cuando me enredo en un texto científico bien construido, orientado a exponer con claridad su cometido, me fascino de tal modo que no lo puedo dejar hasta terminar su lectura, y no con poca frecuencia termino buscando más y más información sobre el tema.

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Culpable
"¡Ladrón!"; oyó que alguien gritaba, aunque no se veía a nadie. La tarde, aun iluminada, se iba lentamente estrellando sus últimas luces en su cara, enfrentada al poniente. "¡Sinvergüenza!"; vociferó una voz distinta, protegida por una celosía.

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Rapsodia para un suicidio

Desde la carretera que va a la costa, en ese tramo, en el sector más elevado, se divisa el camino rural que va de la Rinconada de Aliaga al Alto del Robledal. El día anterior, hacia el final de la tarde se había desatado un aguacero que embarró los potreros y empapó la hierba que ya había nacido, anunciando la primavera. Me detuve en medio de la cuesta a tomar algunas fotografías de dos caballos, uno palomino, el otro alazán, inclinados sobre la hierba, mordisqueando, sumidos en una bella bruma que se elevaba del suelo en forma de vapor. Busqué un ángulo desde el que los animales se veían enfrentados y sus cuellos cruzados. En esta tarea divisé, por el camino rural que va al Alto del Robledal a un campesino al trotecito de su caballo, entrando a una propiedad en la que había un establo y a su vera un furgón pequeño, con la puerta del chofer abierta.

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