El asunto de hoy

A Doménico

No sé cuanto tiempo estuvo en esa actitud, sentado en la penumbra del dormitorio, en una punta de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cara oculta en las manos. Nadie vino a preguntarle nada. Nadie lo llamó. Tal vez siempre fue un hombre solo y hoy viejo y sin horizontes, no tiene nada que mirar; por eso esconde la vista entre las manos. Quizás si ya viejo, no tenía nada que ofrecer y su mujer lo abandonó. O puede ser que ayer haya dejado a su amada en su último lecho frío, allá lejos.

... leer más...

Además lee:

Leyendo...

Qué es la literatura
Ahora bien; supongamos que hablamos de literatura y en especial de la obra literaria. Entonces, a poco hablar, uno se pregunta: ¿Qué es literatura? y ¿Cómo es una obra literaria?. Es que en el camino, leyendo, encontré tanta lectura que no era literaria. Por ejemplo las noticias de los diarios, un artículo médico, un eslogan publicitario, un panfleto político, una arenga y mucho más. Incluso hay ciertos escritos que parecen poemas, que simulan ensayos, que se les cree crónicas de valor literario, pero no lo son. A veces es, con cierto ingenio, fácil estructurar escritos breves que se reputan literatura:

Entre tules y noche negra
el pájaro de la luna
amenaza mi tristeza...

Soy la víctima
de tu ausencia.

Basta tener una cierta colección de palabras clave, como tules, noche, luna, pájaros, tristeza, ausencia. Ya con estas seis podemos fabricar infinidad de poemas:

La ausencia de tu ausencia
en noches sin luna
me convierten en víctima
de tanta tristeza
oculta como pájaro
en un nido de tules negros

También podemos seguir con más y más ejemplos; pero qué dicen: ¿Quizás un sentimiento? ¿Un hallazgo? ¿Es ésto literatura? No seré yo quien comprometa una última sentencia. Hay quienes lo reducen a teoría y sostienen que literatura es sólo una forma de creación lingüista. Todo lo que teje cualquier mensaje, en el sentido amplio, que importa un estímulo en el lector, es literatura. Es decir, literatura es la formulación de un lenguaje. Por este camino transitan las vanguardias y muchas academias. En la otra vereda están quienes niegan de plano esta idea. Sostienen que la literatura es una compulsión vital, inevitable para el poeta o el escritor.

... leer más...

La muerte del Padre nuestro

El frío sol de agosto, que mata a los viejos con su luminoso brillo traidor, lo tentó, sin embargo, a salir a la calle a dar un paseo. Caminó por la vereda del poniente las calles que llevan al parque a orillas del río. Ahí tomó el sendero que orilla la ribera izquierda y caminó en sentido contrario a la corriente, con el sol casi tibio en la cara. Al llegar al primer puente vio el cortejo. Eran sólo niños de no más de unos pocos años que traían en peso un ataúd de palo rústico, pintado de manera descuidada de negro. Detrás y a los lados, varios niños venían arrojando al aire y sobre el cajón, pétalos mustios de rosas rosa, que dejaban en el aire una fragancia de flores podridas que emanaba del tapiz que iba cubriendo el sendero. Unos pasos más allá, después de cruzarse, el cortejo se detuvo. Posaron el ataúd en el suelo y lo abrieron, produciendo estrépito al chocar la tapa en el sendero. "¡Aleluya!" gritó el niño que guiaba el cortejo. El coro que lo acompañaba y había rodeado el cajón, respondió en voz queda, casi avergonzada: "¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Aleluya, aleluya!" y arrojaron una nube de pétalos sobre el difunto. Se acercó con prudencia, para no interrumpir, por curiosidad de ver al difunto. Entre el mar de pétalos rosa podridos pudo ver el cadáver de un hombre muerto hace, ya, varios días. Se veía la piel del rostro acartonada y grisácea, y la nariz parecía afilada e irreal, como si se tratara de la quilla de un barco volteado al revés. Vestía harapos y tenía las manos juntas sobre el vientre, que enlazaban una hoz y un martillo verdaderos, no un medallón o un símbolo: Las herramientas verdaderas.

... leer más...

¿A dónde marcha la gente?
Hoy no desperté más temprano, ni el día tenía nada nuevo. Así es que no fue sorpresivo que el gato me maullara para que lo acompañara a comerse sus pastillas de alimento de felino neomoderno y que se parara junto a la puerta del departamento para que se la abriera para bajar al parque. Tampoco fue sorprendente, aunque nunca me lo he podido explicar, que al sacar una taza del aparador recordara a Thomas Mann y sus obras: Los Buddenbrook, La montaña mágica, Muerte en Venecia, Doktor Faustus y más, sus maravillosos personajes: El hermano que había vivido en Valparaíso y tenía los nervios cortos, la amante florista de Thomas, madame Chauchat que daba portazos, el maravilloso Mynheer Peeperkorn que hace un discurso de despedida, antes de suicidarse, junto a una cascada cuyo torrente ensordecedor no permite que nadie lo oiga, y muchos más. Mientras echaba la leche sobre el café que me preparaba me pregunté otra vez: ¿Por qué justo al sacar, cada día, la taza del aparador, recuerdo a Thomas Mann?. Y otra vez, mientras volvía a mi cama, a tomar mi desayuno recostado en la semioscuridad del amanecer, no logré una respuesta.

... leer más...