El asunto de hoy

Muerte de un prócer

El viernes trece de diciembre, día aciago y de mala fortuna, se encontraba en los confines de su hacienda revisando las plantaciones de algodón. Ahí lo sorprendió una tormenta de granizo y nieve. Cabalgó varias horas hasta llegar a su casa empapado, al anochecer. Se sentía afiebrado y se había puesto ronco; sin embargo no se cambió de ropa para cenar. Sólo se cambió los dientes de madera de cedro que usaba para sus quehaceres cotidianos

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Ovejas y caimanes

Llegué un par de días antes a Oxford. Ahí está la Universidad de Mississippi, donde tenía que hacer una presentación a los estudiantes de literatura sobre filosofía y pensamiento. Mientras perdía el tiempo, divagando, porque la charla la tenía ya preparada y sólo tenía que agregar algo de condimentos a la receta, para adaptarla a estos estudiantes, recorrí las calles y senderos, los callejones pequeños que se usan para acortar camino, los paseos. Al atardecer, como en tantos lugares del mundo, pero más aquí en estos condados sureños, la gente se mete en los bares a tomar cerveza, a veces a comer y tomar, a veces sólo a beber bourbon.

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Un bello sueño

Lo vi por última vez en algún lugar de la frontera de los estados unidos y Canadá entre hielos y tormentas de nieve. Fue entonces, en su caminar largo en el tiempo, portador de un ramito de violetas y una carta de Arabella, que no abrí. En esa ocasión no nos contó su historia. Cuando se lo pregunté, cantó con voz clara:

Del cerro vengo bajando

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Influencia

Cuando desperté esta mañana sentía la cabeza abombada, como si toda la noche hubiera estado asfixiándome. Había dormido sobre mis espaldas, lo que siempre me produce una obstrucción de las narices. Pero además me dolía la joroba que sentía en el espinazo y que estaba seguro de no tener. Sin embargo, de algún modo extraño me parecía que el cuerpo se balanceaba sobre esa protuberancia dura, como caparazón de tortuga. Intenté levantarme, pero no pude. Al hacerlo la ropa de cama resbaló sobre mi vientre, que estaba extrañamente redondeado, como si fuera el sector de una esfera cortada por un paralelo. Quise intentarlo de nuevo. Para impulsarme levanté las piernas y los brazos y con horror vi que estaban extraordinariamente delgados, en especial en proporción al cuerpo. Con angustia me impulsé hacia el frente. Alcancé a ver el cuadrito que había colgado en la pared, con la Venus de las pieles. Lo había fabricado con la tapa del libro, que había arrancado del ejemplar de la librería de usados de las galerías T frente al río N Sobre la cómoda estaba el reloj despertador que indicaba las siete y media. Me dije: ¡Diablos! La siete y media ya.

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