El asunto de hoy

Rapsodia para un suicidio

Desde la carretera que va a la costa, en ese tramo, en el sector más elevado, se divisa el camino rural que va de la Rinconada de Aliaga al Alto del Robledal. El día anterior, hacia el final de la tarde se había desatado un aguacero que embarró los potreros y empapó la hierba que ya había nacido, anunciando la primavera. Me detuve en medio de la cuesta a tomar algunas fotografías de dos caballos, uno palomino, el otro alazán, inclinados sobre la hierba, mordisqueando, sumidos en una bella bruma que se elevaba del suelo en forma de vapor. Busqué un ángulo desde el que los animales se veían enfrentados y sus cuellos cruzados. En esta tarea divisé, por el camino rural que va al Alto del Robledal a un campesino al trotecito de su caballo, entrando a una propiedad en la que había un establo y a su vera un furgón pequeño, con la puerta del chofer abierta.

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Historia


Había llovido ya tres días, y no parecía que fuera a detenerse el mal tiempo. Cuando Culliman llegó al pueblo (si así se le pudiera llamar a las trece casas de palo y techo de zinc, a la caseta de detención del bus rural, y al bar de don Misael al frente de ésta), se desató el temporal

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Culpable
"¡Ladrón!"; oyó que alguien gritaba, aunque no se veía a nadie. La tarde, aun iluminada, se iba lentamente estrellando sus últimas luces en su cara, enfrentada al poniente. "¡Sinvergüenza!"; vociferó una voz distinta, protegida por una celosía.

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El Grito pelado en la calle

Siempre recuerdo esos días de la niñez, de los buhoneros. ¿Se les puede llamar así? En fin, me doy la licencia de darles ese nombre a los vendedores que con canastos al brazo gritaban por las calles sus mercaderías: "¡Hay floreeeh!", "¡Urahnoooh! ¡Lleve mauritoh loh urahnoh!". También a los que ofrecían servicios misceláneos, como el afilador de cuchillos que empujaba un extraño carrito, que parecía una bicicleta trunca y se anunciaba con un pito de varios tonos: "Firuliríiii... Firuliráaa..." y después a grito pelado ofrecía su servicio: "Afiiiiiilo cuchiiiill". Nunca comprendí porqué no terminaba la palabra e imaginaba que sería porque los cuchillos habían perdido el filo y al estar mellados perdían la "o" final. Sin importar cómo se mire, son, en cualquier caso, recuerdos amables aquellos gritos. "¡Estiiiiiiiiro somieeeeeres!" era otro grito, que imaginaba que se dilataba tanto como los somieres estirados.

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