El asunto de hoy

La muerte del Padre nuestro

El frío sol de agosto, que mata a los viejos con su luminoso brillo traidor, lo tentó, sin embargo, a salir a la calle a dar un paseo. Caminó por la vereda del poniente las calles que llevan al parque a orillas del río. Ahí tomó el sendero que orilla la ribera izquierda y caminó en sentido contrario a la corriente, con el sol casi tibio en la cara. Al llegar al primer puente vio el cortejo. Eran sólo niños de no más de unos pocos años que traían en peso un ataúd de palo rústico, pintado de manera descuidada de negro. Detrás y a los lados, varios niños venían arrojando al aire y sobre el cajón, pétalos mustios de rosas rosa, que dejaban en el aire una fragancia de flores podridas que emanaba del tapiz que iba cubriendo el sendero. Unos pasos más allá, después de cruzarse, el cortejo se detuvo. Posaron el ataúd en el suelo y lo abrieron, produciendo estrépito al chocar la tapa en el sendero. "¡Aleluya!" gritó el niño que guiaba el cortejo. El coro que lo acompañaba y había rodeado el cajón, respondió en voz queda, casi avergonzada: "¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Aleluya, aleluya!" y arrojaron una nube de pétalos sobre el difunto. Se acercó con prudencia, para no interrumpir, por curiosidad de ver al difunto. Entre el mar de pétalos rosa podridos pudo ver el cadáver de un hombre muerto hace, ya, varios días. Se veía la piel del rostro acartonada y grisácea, y la nariz parecía afilada e irreal, como si se tratara de la quilla de un barco volteado al revés. Vestía harapos y tenía las manos juntas sobre el vientre, que enlazaban una hoz y un martillo verdaderos, no un medallón o un símbolo: Las herramientas verdaderas.

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Vanguardias y comunidades

Palo Mejía, cinco de novillos, algo más tarde del remate de reses.

Las hermanas Font: Arial y Garamond, danzaban en la glorieta del jardín, piluchas de la cintura hacia abajo, como las caricaturas de Walt Disney, al son de alguna música de rock arcaico, mientras se acariciaban, recíprocamente, sus intimidades. Balano, muy tieso se dirigió a ellas recitando una poesía de Sor Teresa de Jesús:

Vertiendo está sangre,
¡Dominguillo, eh!
Yo no sé por qué.

¿Por qué pensé en el pecado? ¿Acaso esto no era una demostración entrañable de la realidad? ¿No era parte de la construcción de una nueva vanguardia?. Las vanguardias siempre escriben y hacen idioteces. En tiempos pretéritos, por ejemplo, ese manco que no lo era (sólo tenía la mano tiesa), por reírse de los propietarios de la literatura de su época, escribió la más grande estupidez de todos los tiempos y fue vanguardia, y fue odiado por el cura de Avellaneda que le plagió el personaje. Es que él era famoso y el manco lo opacaba. Pero eso era en otros tiempos.

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¿A dónde marcha la gente?
Hoy no desperté más temprano, ni el día tenía nada nuevo. Así es que no fue sorpresivo que el gato me maullara para que lo acompañara a comerse sus pastillas de alimento de felino neomoderno y que se parara junto a la puerta del departamento para que se la abriera para bajar al parque. Tampoco fue sorprendente, aunque nunca me lo he podido explicar, que al sacar una taza del aparador recordara a Thomas Mann y sus obras: Los Buddenbrook, La montaña mágica, Muerte en Venecia, Doktor Faustus y más, sus maravillosos personajes: El hermano que había vivido en Valparaíso y tenía los nervios cortos, la amante florista de Thomas, madame Chauchat que daba portazos, el maravilloso Mynheer Peeperkorn que hace un discurso de despedida, antes de suicidarse, junto a una cascada cuyo torrente ensordecedor no permite que nadie lo oiga, y muchos más. Mientras echaba la leche sobre el café que me preparaba me pregunté otra vez: ¿Por qué justo al sacar, cada día, la taza del aparador, recuerdo a Thomas Mann?. Y otra vez, mientras volvía a mi cama, a tomar mi desayuno recostado en la semioscuridad del amanecer, no logré una respuesta.

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La mirada provinciana
Cuando mi abuela tenía edad de merecer, en estos lugares provincianos que cuelgan del fin del mundo era costumbre que las jovencitas de buena sociedad se vistieran con prendas importadas de París. Sólo mucho después una tienda que aspiraba a ser grande, aunque apenas era utilitaria, comenzó a promover sus productos de vestir con el lema: «Si es chileno es bueno. Si es (Marca comercial que omito) es mejor». Nadie lo creía así. En verdad, cuando por necesidad económica, alguien de buen ver compraba ropa de esa tienda, le descosía la etiqueta de la marca y la remplazaba por la de otra prenda importada.

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