El asunto de hoy

¡Envejecí!

¡Envejecí! Me veo surcado y leñoso y cualquier horizonte ya no es más que una línea imaginaria, que jamás alcanzaré. He plantado tan profundas las raíces en esta tierra, que acercarme sería sólo un sueño. Elevé mis ramas, ahora desnudas, intentando tocar el cielo que supe inalcanzable. Ya los vientos no me agitan ni mecen mi cuerpo, que ahora no es esbelto. Sólo a veces me desgajan o me quiebran, dejando cicatrices secas.

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Lo viejo, lo mozo

Hoy todo es desechable. En otros tiempos me decían: "No cambies lo viejo por lo mozo, ni lo cierto por lo dudoso". ¿Sería que mis tiempos de niño eran conservadores, en contraste con los de hoy en que todo se quiere renovar?: Tal vez sí. Parafraseando a los Clinton: "¡Es el progresismo, estúpido!". En fin, la frase le viene a todo el que no es de derechas, o en otras palabras, a todo lo moderno.

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A Doménico

No sé cuanto tiempo estuvo en esa actitud, sentado en la penumbra del dormitorio, en una punta de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cara oculta en las manos. Nadie vino a preguntarle nada. Nadie lo llamó. Tal vez siempre fue un hombre solo y hoy viejo y sin horizontes, no tiene nada que mirar; por eso esconde la vista entre las manos. Quizás si ya viejo, no tenía nada que ofrecer y su mujer lo abandonó. O puede ser que ayer haya dejado a su amada en su último lecho frío, allá lejos.

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La muerte del Padre nuestro

El frío sol de agosto, que mata a los viejos con su luminoso brillo traidor, lo tentó, sin embargo, a salir a la calle a dar un paseo. Caminó por la vereda del poniente las calles que llevan al parque a orillas del río. Ahí tomó el sendero que orilla la ribera izquierda y caminó en sentido contrario a la corriente, con el sol casi tibio en la cara. Al llegar al primer puente vio el cortejo. Eran sólo niños de no más de unos pocos años que traían en peso un ataúd de palo rústico, pintado de manera descuidada de negro. Detrás y a los lados, varios niños venían arrojando al aire y sobre el cajón, pétalos mustios de rosas rosa, que dejaban en el aire una fragancia de flores podridas que emanaba del tapiz que iba cubriendo el sendero. Unos pasos más allá, después de cruzarse, el cortejo se detuvo. Posaron el ataúd en el suelo y lo abrieron, produciendo estrépito al chocar la tapa en el sendero. "¡Aleluya!" gritó el niño que guiaba el cortejo. El coro que lo acompañaba y había rodeado el cajón, respondió en voz queda, casi avergonzada: "¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Aleluya, aleluya!" y arrojaron una nube de pétalos sobre el difunto. Se acercó con prudencia, para no interrumpir, por curiosidad de ver al difunto. Entre el mar de pétalos rosa podridos pudo ver el cadáver de un hombre muerto hace, ya, varios días. Se veía la piel del rostro acartonada y grisácea, y la nariz parecía afilada e irreal, como si se tratara de la quilla de un barco volteado al revés. Vestía harapos y tenía las manos juntas sobre el vientre, que enlazaban una hoz y un martillo verdaderos, no un medallón o un símbolo: Las herramientas verdaderas.

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