El asunto de hoy

La Silla
Observando la serenidad del cielo azul, imagino el color rojizo de la caoba, como de sangre coagulada y en el silencio de ese cielo, en la paz de la soledad le pareció ver todas las escenas bélicas que lo habían llevado hasta esta instancia. Creyó oír el ruido infernal de la batalla, de la furia, de la ira, del dolor, el ensordecedor de la muerte ¿Para qué?

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¿El autor ha muerto?

Honoré, mi amigo, escribió por allá por mil ochocientos treinta, un relato que al menos algunos catalogan como novela. Yo, que no entiendo, o no quiero entender de cánones, a la obra Sarrasine, la califico como una curiosa narración. Ahí escribe el relato que un hombre refiere a su amante eventual, sobre un artista pintor y escultor, Sarrasine, enamorado de un hombre que se disfraza de mujer, Zambinella, para cantar en el teatro de la ópera en Roma. En algún momento, el narrador anónimo, califica a la Zambinella diciendo: «era la mujer con sus repentinas timideces, sus irrazonables caprichos, sus instintivos presentimientos, sus infundadas audacias, sus charlas y su hechicera finura de sentimiento».

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Ovejas y caimanes

Llegué un par de días antes a Oxford. Ahí está la Universidad de Mississippi, donde tenía que hacer una presentación a los estudiantes de literatura sobre filosofía y pensamiento. Mientras perdía el tiempo, divagando, porque la charla la tenía ya preparada y sólo tenía que agregar algo de condimentos a la receta, para adaptarla a estos estudiantes, recorrí las calles y senderos, los callejones pequeños que se usan para acortar camino, los paseos. Al atardecer, como en tantos lugares del mundo, pero más aquí en estos condados sureños, la gente se mete en los bares a tomar cerveza, a veces a comer y tomar, a veces sólo a beber bourbon.

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Un bello sueño

Lo vi por última vez en algún lugar de la frontera de los estados unidos y Canadá entre hielos y tormentas de nieve. Fue entonces, en su caminar largo en el tiempo, portador de un ramito de violetas y una carta de Arabella, que no abrí. En esa ocasión no nos contó su historia. Cuando se lo pregunté, cantó con voz clara:

Del cerro vengo bajando

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