El problema es ser o no Charlie




Al menos en esta lejana provincia se ha ido acuñando un término para este fenómeno que considero tan abusivo como el fenómeno mismo, sobre nuestra lengua castellana madre. Se le llama "bullying" al abuso extremo y al acoso que deja sin defensa posible al más débil, acosado y abusado. Si le llamare acoso, o abuso, es muy posible que muchos, quizás casi todos, no se dieren por enterados de lo que hablo. No importa; suelo defender causas perdidas, a contrapelo de las mayorías populares.

El abuso, añadido al acoso persistente y permanente, al amparo de mayorías tolerantes, que de modo frecuente tienden a celebrar al fuerte, al acosador, al abusador, por su popularidad y a pesar de cierta inmoralidad recubierta de humor, o de falsa autoridad de juicio, deja, una vez establecido en costumbre, sin una salida al abusado. Este fenómeno no es sólo humano, aunque en el animal humano suele tener finales más dramáticos. En la naturaleza libre se ve con frecuencia al animal fuerte, depredador, acosar y cazar al débil. Es para él, una necesidad básica. Para el acosado, lo es también la defensa propia, que una vez acorralado, emprende de modo muy violento e inesperado.

La dualidad acoso y defensa es tan natural en el devenir social, que muchas veces no se la aquilata o incluso no se la ve, sino hasta que brilla en su reflejo simétrico, la dualidad violencia y paz. Así sucede, con desesperante frecuencia en Palestina, así sucedió en la Escuela secundaria Columbine en el condado de Jefferson, en una tragedia de ribetes faulknerianos, no sólo por el nombre del condado, sino por su crudeza. También fue así, pero ahora con visos de paradigma, para escribir a fuego en el libro universal de las verdades verdaderas, en París, en la redacción de la revista Charlie Hebdo.

La violencia es aborrecible, es indeseable y la gran mayoría de las gentes, refiriéndose a la violencia física dirán que es intolerable, y más aun, condenable hasta la represión. Cuando así se siente, se está pensando que la violencia es sólo física, e importa daño al patrimonio o la vida del otro. Pero es mucho más.

Es violencia la descalificación injusta e ignorante, que daña la dignidad del agredido. No sólo cuando se daña la dignidad que uno le asigna al otro, sino la dignidad que aquél se asigna a sí mismo. Cuando se avasalla los valores de la fe religiosa, de las creencias integristas, o el sentir fanático, se está ejerciendo intensa violencia sobre el religioso, el integrista, el fanático. Cuando se acude al derecho a la libertad de pensamiento y de expresión para avalar esta violencia, como los más sublimes derechos, se está a la vez, violentando la libre expresión y el pensamiento del otro. Sin entrar en el juicio, siempre falaz, del valor de verdad del pensamiento del integrista, del fanático o del creyente, debería surgir la pregunta: ¿Tiene derecho a pensar y expresar sin restricción sus ideas diferentes? ¿Tiene derecho a la dignidad o éste es suprimido por el juicio unilateral del agresor?.

Se llega en el ejercicio del acoso y el abuso, a un punto en que el acosado se ve en el umbral del acorralamiento. Cuando esto sucede, el humor que se encuentra imbuido en la agresión incruenta, el festejo del coro de los que ven humillar y humillarse al abusador y al acosado entran en el terreno peligroso donde se transforma la violencia intelectual, en una reacción de desmedida de violencia física, que vista desde el acosado, sólo equipara la acumulación de la recibida, hasta el agobio.

Si se hace un esfuerzo por mantener equidistancia de las posiciones de los agresores, ambos, y de los agredidos, ambos; se comprende el horror de la sociedad de cultura occidental que en masa levantan lápices y carteles en que se proclaman Charlie. Pero si se mira al otro lado del conflicto y se hace el esfuerzo de ver la realidad con el prisma de la cultura fanática islámica, no se puede dejar de concluir que Charlie Hebdo, a nombre de toda una cultura, amparado por ella, llegó hasta el umbral mismo, o hasta más allá, de la tolerancia de la cultura fanática islámica, acorralándola hasta el peligro, de manera temeraria.

Siendo así, visto de este modo, no puedo ser Charlie y desde luego tampoco soy Islam, pero sí quisiera que este acto, temerario de unos, horroroso de otros nos enseñara que la tolerancia comienza por tolerar y no por exigir tolerancia y que la violencia se suprime desde uno mismo y no reprimiendo al otro. Tampoco se podría exigir que el otro, al que no se ha llegado jamás a comprender, sí entienda este principio de convivencia en el derecho a partir de la agresión burlesca.

Kepa Uriberri